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Book Highlights

Neurociencia del cuerpo

by Nazareth Castellanos

What it's about

This book examines the physical and biological connections between the body and the brain to explain why mental states are not isolated to the head. It provides a scientific look at how breathing patterns, gut health, and sensory inputs fundamentally shape our emotions, memory, and cognitive performance.

Key ideas

  • Breathing as a conductor: Conscious breathing acts as a pacemaker for the brain, synchronizing neural rhythms to improve learning and emotional stability.
  • The gut-brain axis: The microbiota serves as a foundational ecosystem that influences mood and brain function, acting more like fertile soil than a direct cause of personality.
  • The danger of autopilot: Living without conscious awareness leads to "automatic amnesia," which prevents the consolidation of memories and dulls our experience of life.
  • Sensory training: Engaging the olfactory system through intentional practice can physically improve mood and cognitive health over time.

You'll love this book if...

  • You enjoy translating complex biological science into daily habits for mental well-being.
  • You're looking for a grounded, non-mystical explanation of why physical health directly dictates your emotional state.

Best for

People who want to understand the biological roots of their anxiety or focus and are ready to use their body as a tool to sharpen their mind.

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  • Behave by Robert Sapolsky
  • The Body Keeps the Score by Bessel van der Kolk
  • Gut by Giulia Enders

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Key Insights & Memorable Quotes

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Los hombres deben saber que las alegrías, gozos, risas y diversiones, las penas, abatimientos, aflicciones y lamentaciones proceden del cerebro y de ningún otro sitio. Y así, de una forma especial, adquirimos sabiduría y conocimiento, y vemos y oímos y sabemos lo que es absurdo y lo que está bien, lo que es malo y lo que es bueno, lo que es dulce y lo que es repugnante […] Y por el mismo órgano nos volvemos locos y delirantes, y miedos y terrores nos asaltan […] Sufrimos todas estas cosas por el cerebro cuando no está sano […] Soy de la opinión que de estas maneras el cerebro ejerce el mayor poder sobre el hombre.
Decía George Orwell que lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano.
Solo se puede amar lo que se conoce, solo se ama lo que se cuida.
Podemos sacar más partido a los recursos neuronales con una buena respiración, o conociendo estrategias que nos ayuden a potenciar las habilidades respiratorias.
Se ha constatado que las personas que han sufrido una depresión y han sido tratadas con éxito recuperan el tamaño de su bulbo olfativo, es decir, se restaura el papel de dique de contención de la expresión emocional, regulada por la amígdala. Por ello, algunos autores de diferentes países están desarrollando protocolos clínicos que permitan diseñar medidas basadas en el olfato para diagnosticar o para predecir el desarrollo de alteraciones. Precisamente, la enfermedad de Alzheimer suele conllevar la pérdida del olfato en las primeras etapas de desarrollo de esta forma de demencia. Dada la gran evidencia científica que vincula ya el olfato a la cognición y su deterioro con la edad, el Centro de Investigación de Dresden, en Alemania, hizo un estudio para testar el papel terapéutico del entrenamiento del olfato. El grupo del doctor Thomas entrenó a un grupo de casi 100 personas de entre 50 y 84 años para reconocer 4 tipos de aromas: citronela, eugenol, eucalyptus, y fenylethyl alcohol. Por la mañana y por la noche, los voluntarios debían oler y aprender a identificar el olor de la lima, el clavo, el eucalipto y la rosa. Un entrenamiento y entretenimiento nada despreciables. Después de 5 meses no solo su sistema olfativo había mejorado, también su estado de ánimo, según mostraron los análisis estadísticos de los correspondientes cuestionarios psicológicos. Pero el objetivo de este estudio era testar el papel protector del olfato en la cognición. El entrenamiento olfativo produjo una mejora en sus niveles de memoria y capacidad lingüística, estadísticamente mejor que realizar sudokus. El estudio hecho en Dresden concluía que entrenar el olfato mejora la edad cognitiva. La historiadora y antropóloga Annick Le Guérer, una de las mayores expertas del mundo en el estudio de los aromas, define el olfato como el sentido de la memoria. No le faltan razones, al menos científicas. En el año 2021 se publicó un estudio que constataba por primera vez esta afirmación, desde el punto de vista anatómico. Un consorcio de universidades americanas y chinas llevaron a cabo unos complejos experimentos en los que midieron la actividad neuronal para averiguar cuál de los sentidos de la exterocepción está más conectado al hipocampo, el área cerebral más involucrada en la memoria. Descubrieron que era el olfato.
En el cerebro, como en el intestino, todo se descompone.
La respiración facilita el aprendizaje.
«la mejor medicina es enseñar a la gente cómo no necesitarla».
El cuerpo es un instrumento en constante melodía; si deja de sonar, se acaba el concierto.
La respiración forma parte de la orquesta de la experiencia, debe sonar con ella.
La microbiota es un reflejo del entorno en el que vivimos. «Yo soy yo y mis circunstancias», añadiría Ortega y Gasset. El puente entre nosotros y las circunstancias es la microbiota, añadiría
La microbiota formaría parte de los fertilizantes que abonan las redes neuronales.
Las áreas cerebrales involucradas en la emoción, la atención, la memoria y el aprendizaje están influenciadas por la respiración.
Ya lo decía Maslow: «quien solo tiene un martillo cree que todos los problemas son clavos». No es infrecuente oír que esto o aquello lo cura todo.
«No hay en el hombre nada de más frágil naturaleza que la memoria, puesto que se ve afectada por la enfermedad, las heridas e incluso el miedo.
Las medidas de coherencia entre la dinámica neuronal y respiratoria han permitido establecer una clasificación de áreas según su dependencia del patrón respiratorio: corteza orbitofrontal (18,4 %), giro precentral (17,9 %), ínsula (17,8 %), área temporal superior (14,6 %), y amígdala (10,2 %). Se cuantificaba así, con registros intracraneales, la modulación que ejercía el ciclo respiratorio sobre la actividad cortical y límbica.
arar la tierra sobre la que caminaba. Lo hacía temprano, antes de que saliese el sol, para labrarla cuando aún estaba bañada por el rocío, y todavía no había sido agitada por el calor del día ni amasada por los pies de sus vecinos. Sabía que la tierra hay que labrarla cuando está serena. Ella no se preocupaba de sembrar, tan digna fecundación se lo dejaba a los frutos caídos de los árboles;
Ninguna catedral se apoya en una sola columna.
Al contrario, cuando vivimos una experiencia en el estado de «piloto automático» o sin consciencia de lo vivido se produce un descenso de las ondas gamma que dificultan la consolidación de la memoria, fenómeno conocido como «amnesia por lo automático».
y fenylethyl alcohol. Por la mañana y por la noche, los voluntarios debían oler y aprender a identificar el olor de la lima, el clavo, el eucalipto y la rosa. Un entrenamiento y entretenimiento nada despreciables. Después de 5 meses no solo su sistema olfativo había mejorado, también su estado de ánimo, según mostraron los análisis estadísticos de los correspondientes cuestionarios psicológicos.
Aunque el intestino estampa y disemina las costumbres en el cuerpo,
Necesita de un marcapasos que, cada cierto tiempo, marque el ritmo. Los ritmos más rápidos son coordinados por los más lentos, esa es otra de las leyes de la neurociencia. Por tanto, para mantener el ritmo gamma en el hipocampo y sostener el aprendizaje se requiere de un ritmo lento que sea sólido y constante. Aquí viene la magia. Ese ritmo lento es la respiración
Años después, en el 2005, se identificó otra área influenciada por la respiración y con fuerte implicación en la reacción emocional, la corteza orbitofrontal, situada sobre la cuenca de los ojos en la parte frontal del cerebro. Es una de las zonas más importantes para el bienestar; una de las áreas que más aumenta de tamaño en momentos o épocas de disfrute. La corteza orbitofrontal experimenta un incremento anatómico cuando entrenamos el altruismo o agradecimiento. Aproximadamente medio segundo después de cada inspiración se produce en la corteza orbitafrontal un fenómeno conocido como «inspiración alfa». En cada inspiración, las neuronas de esta estructura oscilan al ritmo alfa, el himno del cerebro. No puedo imaginar el alcance de los beneficios que supondría enseñar a respirar desde la escuela. Adultos que sepan respirar o, al menos, que sepan que no saben respirar. El
«suele la memoria morir a manos del tiempo». Uno de los temas más fascinantes de la investigación reciente se centra en la pregunta de por qué sabemos aprender, pero no sabemos
La neurona no es lo importante, decía don Santiago, sino su capacidad de dar y recibir, de compartir.
Marco Aurelio nos aconsejaba «No dejar que la memoria se enajene de las cosas que tenemos, sino de las que nos hagan falta».
John Cryan separó a las ratitas recién nacidas de sus madres, con el fin de estudiar el impacto del miedo y estrés sobre el organismo. Un pienso enriquecido en bifidobacterias mejoraba la conducta de las pequeñas e inofensivas ratitas huérfanas. Conclusión, la microbiota regula la depresión. Comprendo el entusiasmo, la euforia ante una nueva vía que se abre para poder paliar el sufrimiento, pero la orfandad no la cura solo una bacteria. No somos, por mucho que se diga, la suma de nuestras partes. El todo no es la totalidad. Parece claro, a la vista de los estudios, que la microbiota afecta a la depresión, y al estado anímico en general, pero la depresión no es la microbiota. Aunque, desde luego, disciplinas como la psicología o psiquiatría deberían hacerse eco de esta vanguardia científica e incluir en sus agendas el diseño de protocolos que incluyan la componente biológica, en particular la digestiva, para aminorar trastornos como la depresión, la ansiedad o el estrés, entre otros. La relación entre el intestino y el cerebro es simétrica, bilateral, por eso hay que ser cautos a la hora de establecer causas y efectos. El fruto no es la tierra, pero crece en ella.
En uno de los pasillos del Museo de Historia Natural de Berlín se reta al visitante a distinguir entre un fragmento de cerebro y otro de intestino. Si tomamos una imagen de ambos y nos quedamos con una pequeña porción, será fácil perdernos entre sus pliegues, arrugas y tejido. No son tan diferentes. Ya estuvieron unidos en el desarrollo embrionario y ahora sabemos que también a lo largo de la vida.
para aprender, hay que olvidar.
Tal visión invita a percibir el intestino, o sistema digestivo en general, como la tierra sobre la que germina el entendimiento. No es la semilla, ni será el fruto, pero sí será el caldo de cultivo de ellas. Una tierra que ha de ser labrada cada día, sabedores de su repercusión. Una tierra que debe recibir especial atención en la madre gestante, en la infancia, en aquellos en riesgo o padecimiento de alteración mental y en cada ser humano que pretenda la mejor versión de sí.

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